Delirio Uribelarrea López

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 Persona muy implicada socialmente durante toda su vida. Ha trabajado en el voluntariado de distintas asociaciones.Madre de familia y mujer comprometida con las causas de los más desfavorecidos.

Fecha de entrevista: 09/06/2015

Comarca: Corredor de Almansa y Monte Ibérico
Municipio: Almansa
Año Nacimiento: 1935
Género: MUJER

Nací el 5 de agosto de 1935. Soy de antes de la guerra. Nací en Alpera.

Mis padres eran de Alpera y mi abuelo por parte de mi padre de un pueblo de Bilbao.

¿Y cuándo se vino a Almansa?

Yo me vine a Almansa a los nueve años con un tío mío, hermano de mi padre, al que se le había muerto un niño pequeño. Y como mi tía se puso un poco desquiciadilla me vine para quince días, pero ya no me fui. Toda la vida he vivido en Almansa. A los 22 años me casé en Almansa. Tuve cinco hijos y dos me han fallecido.

¿Pasó entonces la infancia en Alpera?

La parte que más me acuerdo de  mi infancia era de Alpera, de jugar en la calle porque siempre estábamos en la calle.

¿ A qué se dedicaban sus padres?

Mi padre se dedicaba al negocio que tenía mi abuelo, a la piedra; echaba el baladre en las vías, esa piedra pequeña. Pero antes de la guerra, cuando llegó la gran depresión perdieron la empresa y entonces mi padre se colocó de alguacil en el Ayuntamiento. Y mi madre tenía una panadería.

¿Fue a la escuela?

Fui a la escuela en Alpera: Primero a una señora mayor particular que daba clase y luego ya a las nacionales que eran como se llamaban. Mi maestra se llamaba Doña Llanos y el recuerdo más grande que tengo de ella es el tortazo que me pegó un día. Entonces era costumbre recoger los cuadernos y un día que le fui a recoger el cuaderno a una mayor, porque entonces las aulas eran unitarias y estábamos de todas las edades juntos, pues me amenazó con pegarme y como no lo recogí, la maestra vino y me dio un tortazo. Era una gran maestra pero aplicaba el sistema de entonces de la letra con sangre entra. Luego ya me vine a Almansa y fui a las monjas por las tardes, hacíamos labor y cultura general, te enseñaban las cuatro reglas. Hasta los 15 años estuve yendo a las monjas. Luego me casé con un hombre que era muy culto y ya me hice autodidacta.

¿A  qué jugaban cuando era pequeña?

Jugábamos a pillar, que era el escondite; a las bolas para intentar meter el boliche en el agujero que hacíamos; a corta terrenos... le quitábamos a los padres las limas y en un círculo o triángulo que dibujabas en el suelo las tirábamos para clavarlas y desde ahí hacías una línea recta y así ibas robando terreno. Como las mujeres barrían las calles, el terreno estaba suave. Era muy bueno porque aprendías a medir las distancias.

¿Ayudaba a su madre en la panadería?

Si. Teníamos panadería pero no horno. Se amasaba y luego había que ir a uno de los dos hornos que había para cocerlo. Una hija de la hornera y yo me acuerdo que nos subíamos a jugar a la capilla, que es la parte alta del horno  donde se pone el pan para que fermente con el calor. Y mi amiga me hizo un corte de pelo que cuando bajé con los trasquilones mi madre lloraba.

Otro juego era con un bote de agua por la ventana para echársela a los que pasaban. Y como en Alpera estaban todas las casas abiertas, también tumbábamos las sillas que estaban en las puertas, llamábamos y salíamos corriendo.

¿Se acuerde usted de la época de la postguerra?

Y de la guerra me acuerdo perfectamente. Una vez estaba yo jugando en la calle, en la plaza del pueblo, y en frente estaba la farmacia, y el hombre se venía a mi casa a oír la radio para escuchar a los nacionales porque mis padres eran de José Antonio. Y me acuerdo que cuando pasó el boticario  le dije yo: fascista, fascista… Y luego me acuerdo de cuando pasó José Antonio salimos a verlo porque mis padres eran muy de derechas, y cuando se cantaba el himno yo llevaba el puño y mi madre me regañaba.

¿Cómo eran  las viviendas?

Vivíamos en una casa estrecha, con un salón abajo, la cocina y un váter en el patio y arriba los dormitorios arriba. Y el agua por supuesto a cogerla a la fuente. El agua no vino a las casas en Alpera hasta el año 45. Se lavaba en el lavadero y a veces en un paraje que se llama La Yedra, con el agua que venía de las fuentes de Alpera al pantano de Almansa. Allí había una acequia y unas losas muy grandes, y allí iban a pasar el día las muchachas, lavaban la ropa y luego tendían en los arbustos. Y se volvía con la ropa seca después de pasar el día. Y mi hermana me llevaba. Éramos seis hermanos y yo era la quinta.

¿Cuando se vino a Almansa se trasladó toda su familia o se vino usted sola?

No, me vine sola. Mi tío era jefe del depósito de máquinas. Aquí lo fuerte era el calzado y la Renfe, concretamente los ferrocarriles de Madrid-Zaragoza-Alicante. Y aquí había muchísimos ferroviarios, rara es la familia antigua que no tuviese a alguien en la Renfe. Aquí llegaban las máquinas de Alicante y las de Alcázar de San Juan. Y como mi tío viajaba mucho por el trabajo pues mi tía me cogió mucho cariño y no quiso ya que me fuera. Me iba a mi casa ocho o diez días con mis hermanos y en seguida iba a buscarme mi tío para que me volviera.

¿Y no echaba usted de menos a su familia y Alpera? Yo he sido todo terreno. Los veía con mucha frecuencia porque venían mucho.

Cuando me dicen qué salvaría de Almansa.  Yo el castillo. Me acuerdo que me bajó mi tío al cine un día y cuando di la vuelta y vi el castillo para mi aquello fue como un cuento de hadas. Eso salvaría yo de Almansa porque es uno de mis mejores recuerdos, bueno eso y la chica que bajaba con un carro vendiendo y publicitando los polos.

¿Supongo que había mucha diferencia entre la vida en Alpera y Almansa?

Allí en Alpera sólo comíamos los chambys y estábamos todos inmunizados de las moscas que acudían al helado, que era una especie de corte que te ponían entre dos  galletas. 

¿Dejó de estudiar porque se puso a trabajar, fue una decisión suya...? 

Yo no he trabajado nunca. Yo estuve en la casa de mis tíos hasta que me casé. Yo hacía las cosas de la casa, las compras… Luego me casé y con los chiquillos…

Es verdad que como mi marido era agente comercial, yo le ayudaba bastante porque le llevaba cosas del despacho, le atendía el teléfono, cogía pedidos… hacía un poco de secretaria. Se me quemaron muchos sofritos por culpa del teléfono.

¿Cómo conoció a su marido y a qué edad se casó?

Yo me integré muy pronto en Acción Católica. Era una asociación seglar de la Iglesia y tenías que pasar por varias fases: estaban los aspirantes, que eran de los 14 a los 18, y luego ya pasabas a joven con la insignia azul y cuando te casabas te la cambiaban ya por la insignia dorada, que era la de casada.

Hay gente de mi generación que dice que salieron traumatizadas, pero yo no. Tengo un gran recuerdo y fue una gran ayuda para mi formación. Es verdad que la Iglesia adoctrinaba mucho y el social catolicismo estaba ahí, pero tuve la suerte de dar con personas muy abiertas. De hecho sigo estando en la parroquia. Mi vida transcurría en ese plano. No podías bailar, no podías llevar la manga muy corta…se limitaba mucho a la juventud, pero por otro lado se fomentaba mucho la vida en grupo.

Teníamos también las conferencias de San Vicente de Paúl y es cierto que la juventud tuvimos oportunidad de tomar contacto con la pobreza y con la miseria de la postguerra. Todo eso a mí me ayudo mucho a concienciarme y por eso ahora me indigno mucho cuando veo que la gente vuelve a pasar miseria. Porque entonces era muy doloroso ir a ver una familia y que los tres hijos estuvieran en el  cine para evitarse darles la merienda. Había mucha miseria, mucha tuberculosis. Entre las personas de izquierdas sobre todo porque se las trataba muy mal. Los rojos estaban muy señalados.

A mi marido lo conocí porque también era de la Juventud. Me llevaba seis años. Hacían unos carteles donde ponían las películas del cine que se podían ver y las que no. Las granates eran que no y las rosas que sí. Luego ya lo cambiaron por apta, no apta y con reparos. Él era el que se encargaba de preguntar a los censores la clasificación para poner luego el cartel en la parroquia. Y dice que ahí me vio y le gusté. Era muy guapo y muy ligón y a partir de ahí ya empezó a tirarme los tejos. Yo tenía 17 años y el 23 y ya seguimos la relación.

Nos casamos en agosto del 58, con 23 años. Y entonces ya nos fuimos a vivir juntos; mis suegros tenían una planta baja y nos hicieron arriba un piso. Y ahí hemos vivido y sigo viviendo. Bueno una temporada nos fuimos porque mi suegra era una suegra, suegra…Y mi marido y yo nos fuimos dos o tres años, hasta que lo pusimos ya a nuestro nombre.

¿Cómo se ha transformado Almansa tanto económica como socialmente? ¿Cuáles son los cambios más notables que se han producido en la ciudad?

En Almansa ha habido algo que aún arrastramos el lastre. Y es que, pasada la postguerra que fueron unos años muy duros, pero en el año 60 empezamos a despegar un poquito. Se hizo el Instituto y vinieron profesores jóvenes, muchos con ideas de Tierno Galván. Aquí había gente de izquierdas muy culta. Aquí se dio un fenómeno y es que la gente se puso a trabajar con diez y once años y las familias que tenían tres o cuatro hijos y también trabajaba el padre y la madre hacía tareas en casa pues se creció mucho económicamente, pero culturalmente no se creció y hubo un desfase muy importante.

Ahora ya no, porque luego se hicieron tres institutos, también vinieron tres sacerdotes con ideas muy renovadoras y se hizo un centro social en San Juan y se hizo una labor maravillosa. Se hicieron casas sociales y unas misioneras que vinieron de Vitoria daban clases, sobre todo a las mujeres, y se hablaba de economía, de cultura, de política…Y eso nos ayudó a pegar un salto. Y aunque la Iglesia está muy mancillada, desde luego en Almansa, el avance cultural se produjo de la mano de la Iglesia.

Incluso la OAC, era la rama de Acción Católica Obrera y muchos socialistas estaban en ella, trabajando bajo manga porque como sólo se podían reunir en la Iglesia...

¿A su marido le gustaba la política?

Si, mucho. Él era de Don Juan, franquista no fue nunca.

¿Y ese interés se lo contagió él? Pues sí, lo que pasa es que él era mucho más conservador que yo. Nosotros hemos sido un matrimonio de mucho hablar, y de dialogar. Yo supe desde el primer momento supe cuál era mi misión, que era ser ama de casa, pero…me acuerdo que teníamos un lema que decía: “Una noticia más, un brillo menos” y yo me lo aplicaba. Limpiaba, pero también me interesaba por todo y leía todo lo que caía en mis manos.

¿Y esas inquietudes podía compartirlas en los círculos de sus amistades, en concreto con las mujeres? Depende con quién. Pero yo a todas las mujeres se lo decía: Al marido hay que cuidarlo al máximo, pero si hay que decirle una cosa, hay que decírselo. Me acuerdo que yo le llevaba la taza de café y me sentaba en la cama, y esa media hora de conversación era maravillosa. ¿Cuál ha sido la principal actividad que ha sustentado el tejido económico en Almansa?

Aquí ha sido el zapato. Luego se ha intentado abrir varias empresas, incluso vinieron unos a hacer barcos. Aquí se hacían barcos. Y luego se los llevaban a Santa Pola y allí ya los vestían con la madera. También estaba Bimbo. Pero han ido cerrando y se han ido yendo. Y el zapato ha ido bajando, bajando…Pero ahora en la crisis las fábricas del zapato han sido las que se han mantenido porque han apostado por el diseño y la calidad y se ha exportado mucho. Mucha gente que se había salido del calzado, ha vuelto. No es lo mismo que antes porque con las máquinas se ha prescindido de muchos puestos de trabajo, pero ha sido el calzado el que ha tirado de la economía.

Aquí llegó a haber más de 90 fábricas, y todo el mundo trabajaba. Y también en la economía sumergida. Rara era la casa a la que ibas y no te daba el olor a cola. Ahora ya no, pero antes los nenes pequeñicos le daban la cola, el marido hacía otra cosa y la señora hacía el pasado. Había muy buenas aparadoras en Almansa. Eso sigue existiendo y es una pena porque fíjate esas mujeres sin cotizar y trabajando… troqueladoras.

¿Cómo ves a la juventud hoy en día, qué consejo les darías?

Yo soy una enamorada de la juventud. Me da rabia cuando la gente dice que la juventud hoy en día está… La juventud está estupendamente. Es culta y está preparada, menos los pobres que no han podido. Lo que ocurre es que a los padres les ha sido más fácil maleducar que educar y lo que era de ellos se han pensado que lo tenían que hacer los profesores y ahí ha estado el error. El profesor está para enseñar, para dar conocimientos, pero el comportamiento lo enseña la familia en la mesa de la casa. A la juventud lo que le pasa es que no les hemos dado responsabilidades, porque los padres han estado tan poco tiempo con ellos porque estaban trabajando que cuando han llegado a casa de lo que tienen ganas es de descansar.  Ahora los críos con nueve años llevan las llaves porque cuando llegan a su casa no hay nadie. Es consecuencia de la incorporación de la mujer a la vida laboral. Lo que hay que hacer es diseñar otra forma de vida. A las mujeres de ahora no las envidio porque yo no sé en qué han adelantado. Trabajan fuera y dentro. A la juventud yo les metería responsabilidad. Yo a mis amigas les digo que nuestra generación somos unas fuera de serie porque tenemos la cabeza muy bien amueblada. En mi época yo tenía que ir con mi tía al cine y con mi novio porque no podíamos ir solos y ahora veo al nieto que sale de la cama con la novia y lo veo natural. Aceptar eso es porque o tienes la cabeza perdía o muy bien amueblada. ¿Y si pudiera dar marcha atrás hay algo de su vida que cambiaría? Por supuesto los estudios. A mis hijos se lo digo siempre, lo único que envidio es tener una carrera. Ir a la Universidad y conocer ese mundo. Hay que estudiar, aprender y devolver lo que has aprendido. Eso es una maravilla. Borrachos ha habido siempre, lo que pasa es que antes se emborrachaban con vino porque no había dinero. Con esta energía, esta lucidez y esa cabeza tan bien amueblada…¿ no ha pensado nunca meterse en política? Sí, me lo propusieron. Uno de Albacete, pero para estar en política yo creo que hay que tener unas tragaderas muy grandes y a mi pronto me iban a echar.

 

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